lunes, 17 de enero de 2011

La Eneida de Virgilio. Primera parte


La Eneida es el poema épico latino por excelencia. Creado por Virgilio durante diez años de trabajo, canta la leyenda del héroe mítico Eneas, el troyano hijo de Anquises y la diosa Venus, que logró escapar tras la caída de Troya y se embarcó en una misión fundacional que le conduciría a convertirse en precursor de la ciudad de Roma.

Compuesta en doce libros y estructurada siguiendo el modelo homérico, ya que en ella se encuentran adaptados muchos personajes y acontecimientos de la Iliada y la Odisea, recoge en sus páginas gran parte del acervo mitológico grecorromano, incluyendo también algunos de los acontecimientos históricos más importantes de la ciudad hasta el principado de Augusto, fundiendo las dos grandes temáticas de la poesía épica latina, la mitológica y la nacional-patriótica. Los seis primeros libros, cuyos argumentos son tomados de la Odisea homérica, relatan las míticas aventuras del héroe en su viaje hacia Italia. Los seis últimos constituyen el relato épico, adaptado en parte de la Iliada, sobre las luchas del héroe en su afán por asentarse en la Lacio italiana y fundar una ciudad que más tarde sería conocida como Roma.

La Eneida, modelo básico de toda la épica latina, llegaría a convertirse en la epopeya nacional de los romanos. Creada por encargo del primer emperador, Augusto, la obra cumplió un cometido propagandístico destinado a legitimar el gobierno unipersonal del princeps, al dirigirse hacia la mentalidad y los valores que el nuevo régimen deseaba instaurar en la sociedad del momento. Desde inicios de la República, a finales del s. VI a.C., se instaló en la mentalidad romana una aversión hacia los gobiernos unipersonales hereditarios, presente todavía en época de Augusto. Es por ello que Octavio hubo de presentarse como garante de la herencia gloriosa de la República, y para este cometido encargó a su amigo y consejero Cayo Mecenas la creación de un círculo artístico y literario del cual Virgilio fue uno de sus máximos exponentes. Así, Virgilio contribuyó a presentar al princeps como el genio tutelar de Roma, su verdadero defensor, ayudando a su posterior divinización por devoción popular.

La Eneida representa también uno de los intentos por dotar a Roma de una “historia oficial”, que no real, de sus orígenes, un compendio de mitos, leyendas y hechos históricos que más tarde formaron un corpus que arraigó sobremanera en la conciencia popular de todo ciudadano romano. De esta forma, la obra establece una Roma ideal, aquella que renacía de la mano de Augusto, una recuperación de la mítica Edad de Oro*, como se aprecia en: “Ése será el héroe que tantas veces te fue prometido, César Augusto, del linaje de los dioses, que por segunda vez hará nacer los siglos de oro en el Lacio, en esos campos en que antiguamente reinó Saturno” (libro VI, pág. 181). Se proclama, además, la divina misión civilizadora de la ciudad como rectora de los pueblos, una visión nacionalista y patriótica que ha sido harto criticada. Pero gran parte de esa visión crítica nace de los prejuicios occidentales que tienden a considerar intrínsecos gobierno unipersonal y tiranía, mentalidad procedente en parte de la herencia cultural que, desde la Edad Media, pasando por los absolutismos de época moderna y los nacionalismos patrióticos del s. XX (fascismos), se instaló en la mentalidad occidental contemporánea, más acostumbrada a idealizar la época republicana que la imperial.

Es cierto que Virgilio contribuyó a reforzar y legitimar el gobierno de Augusto, pero ello no significa que el emperador fuese un “despiadado tirano”, puesto que este tipo de interpretaciones olvidan el caótico periodo que, para el pueblo romano, significó la época tardo-republicana. Así, el Principado de Augusto constituyó ciertamente un periodo de estabilidad para Roma, de paz, bienestar y crecimiento económico para sus ciudadanos, si bien es cierto que también fueron restringidas algunas libertades que otros escritores como Ovidio, que cayó en desgracia y fue desterrado, hubieron de padecer.


Continuará...

* El tópico de la Edad de Oro, formulado ya en la literatura clásica, ha persistido en la conciencia social de Occidente. Se refiere básicamente a una Edad ideal de absoluta felicidad en la cual el hombre carecía de preocupaciones de ninguna clase, en un tiempo en que dioses y hombres llevaban una existencia paralela.

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