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miércoles, 17 de abril de 2013

La Cultura. ¿Derecho básico o Recurso Económico?



         Aquellas posturas que comprenden la cultura como un derecho básico de los ciudadanos, parten de la visión ilustrada que atribuía al estado la competencia en la gestión de la cultura, debido a una visión global donde ésta era observada como algo universalmente válido, con capacidad para potenciar el bienestar y el progreso de los individuos. Esta visión pretendía una democratización de la cultura en la construcción de una esfera pública, a la que todo ciudadano tuviera acceso y donde podría formarse adecuadamente. Como contrapartida, son los organismos e instituciones estatales los encargados de seleccionar los productos culturales que se consideran benéficos en el desarrollo de la escala de valores o el código ético de los ciudadanos. Este mecanismo selectivo se transforma, en opinión de algunos autores que han teorizado sobre el concepto de cultura, como Michel Foucault, en un dispositivo biopolítico coercitivo que, de una forma sutil, distribuye una serie de valores predeterminados que el sujeto interioriza, afectando a la forma de relacionarse y comprender el entorno.

         Este tipo de políticas tradicionalistas, centradas en la noción de “excelencia”, en la supremacía de determinadas producciones procedentes de la “alta cultura”, marginaba sin embargo la expresión de los rasgos culturales propios de una amplia capa de los estratos sociales populares. Si bien se generaliza-democratiza la posibilidad  de acceso a la cultura, con actuaciones como subvencionar las entradas para acceder a los museos, las producciones creadas por las clases más humildes o de una procedencia étnica minoritaria, no tenían cabida en los circuitos de la esfera pública. Con el tiempo, sin embargo, el aumento de la diversidad cultural multiétnica, la proliferación de movimientos feministas y subculturales y otros motivos, permitieron que un gran número de prácticas originalmente subculturales comenzaran a reclamar un lugar en las instituciones y los espacios públicos.

         En la medida en que las normalizadas narrativas tradicionalistas sobre la belleza y la universalidad del arte fueron perdiendo su validez, el Estado y sus instituciones comenzaron a replantear el papel de sus políticas culturales, produciéndose un giro hacia el mercado y la economización de la cultura, un cambio de “paradigma” en su conceptualitzación y gestión: la cultura como recurso. Desde este momento, la cultura perderá sus capacidades intrínsecas, estéticas o espirituales, en aquella visión que permitía el progreso y la formación del individuo, para pasar a considerarse desde una perspectiva utilitarista que podía aportar soluciones a problemas económicos, políticos o sociales, además de resultar un elemento fundamental de crecimiento económico.

Continuará...

lunes, 2 de julio de 2012

Revolución social y revolución cultural en la 2ª mitad del s. XX. II Parte


En el desarraigo con las generaciones anteriores, los jóvenes buscaron crear una nueva identidad cultural en el único entorno que conocían, aquel definido por la nueva sociedad del consumo de masas. En esta sociedad urbana, los valores y costumbres tradicionales carecían de sentido, por ello la cultura juvenil se dirigió a quebrar las normas sociales anteriores, un acto de rebeldía que buscaba la liberación personal. A nivel paradigmático, la nueva cultura situó a la juventud como “fase culminante” de la vida, configurándose a nivel social la nueva autonomía de la juventud como estrato social independiente. Como inversión de los modelos anteriores, procedentes de la cultura burguesa, la cultura juvenil adoptó las imágenes y estereotipos, música o forma de vestir, e incluso el lenguaje característicos de las clases bajas urbanas, popularizándolos. En la nueva sociedad mundial, cada vez más interconectada, los jóvenes estadounidenses difundieron su identidad cultural rápidamente. Algunas consecuencias sociales de su difusión se relacionan con los movimientos de protesta que expresaron su rechazo a la política y organización social existente, como los movimientos sociales de mayo de 1968, y que en mayor o menor medida lograron que modificaciones en las legislaciones reflejaran. Por otra parte, resulta evidente que desde la lógica del capitalismo, la popularización de la cultura juvenil recibió un reconocimiento cada vez más amplio por parte de los fabricantes de bienes de consumo.

Los movimientos feministas no resultaban algo totalmente nuevo, puesto que la presencia de las mujeres en el mercado laboral ya se venía produciendo en los estados liberales del s. XIX. Pero en la segunda mitad del s. XX, a la masiva entrada de las mujeres casadas en el mercado se unió una creciente presencia en la enseñanza superior universitaria. Hasta ese momento las mujeres, salvo en casos excepcionales, habían tenido vetado el acceso a los puestos representativos más significativos de la sociedad, tanto en el ámbito público como en el privado. Los cambios culturales que debilitaron aquellos modelos tradicionales sobre la familia y el hogar modificaron también las expectativas convencionales sobre su papel social. Su creciente influencia permitió, entre otras cosas, revelarse como una importante fuerza política a tener en cuenta. Así, en la plasmación ideológica del individualismo, a nivel social aumentaron espectacularmente el número de familias monoparentales, la mujer y sus hijos, principalmente, mientras que las legislaciones plasmaron efectivamente la nueva conciencia de libertad sexual. Y todo ello en el interior de un contexto económico expansionista que permitía la supervivencia efectiva de dichos modelos.