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lunes, 2 de julio de 2012

Revolución social y revolución cultural en la 2ª mitad del s. XX. II Parte


En el desarraigo con las generaciones anteriores, los jóvenes buscaron crear una nueva identidad cultural en el único entorno que conocían, aquel definido por la nueva sociedad del consumo de masas. En esta sociedad urbana, los valores y costumbres tradicionales carecían de sentido, por ello la cultura juvenil se dirigió a quebrar las normas sociales anteriores, un acto de rebeldía que buscaba la liberación personal. A nivel paradigmático, la nueva cultura situó a la juventud como “fase culminante” de la vida, configurándose a nivel social la nueva autonomía de la juventud como estrato social independiente. Como inversión de los modelos anteriores, procedentes de la cultura burguesa, la cultura juvenil adoptó las imágenes y estereotipos, música o forma de vestir, e incluso el lenguaje característicos de las clases bajas urbanas, popularizándolos. En la nueva sociedad mundial, cada vez más interconectada, los jóvenes estadounidenses difundieron su identidad cultural rápidamente. Algunas consecuencias sociales de su difusión se relacionan con los movimientos de protesta que expresaron su rechazo a la política y organización social existente, como los movimientos sociales de mayo de 1968, y que en mayor o menor medida lograron que modificaciones en las legislaciones reflejaran. Por otra parte, resulta evidente que desde la lógica del capitalismo, la popularización de la cultura juvenil recibió un reconocimiento cada vez más amplio por parte de los fabricantes de bienes de consumo.

Los movimientos feministas no resultaban algo totalmente nuevo, puesto que la presencia de las mujeres en el mercado laboral ya se venía produciendo en los estados liberales del s. XIX. Pero en la segunda mitad del s. XX, a la masiva entrada de las mujeres casadas en el mercado se unió una creciente presencia en la enseñanza superior universitaria. Hasta ese momento las mujeres, salvo en casos excepcionales, habían tenido vetado el acceso a los puestos representativos más significativos de la sociedad, tanto en el ámbito público como en el privado. Los cambios culturales que debilitaron aquellos modelos tradicionales sobre la familia y el hogar modificaron también las expectativas convencionales sobre su papel social. Su creciente influencia permitió, entre otras cosas, revelarse como una importante fuerza política a tener en cuenta. Así, en la plasmación ideológica del individualismo, a nivel social aumentaron espectacularmente el número de familias monoparentales, la mujer y sus hijos, principalmente, mientras que las legislaciones plasmaron efectivamente la nueva conciencia de libertad sexual. Y todo ello en el interior de un contexto económico expansionista que permitía la supervivencia efectiva de dichos modelos.

lunes, 4 de junio de 2012

Sociedad de masas y revolución cultural en la 2ª mitad del s. XX


Se ha denominado como edad de oro al gran periodo de expansión económica mundial que se produjo a lo largo de los decenios de los años cincuenta y sesenta del pasado s. XX. La experiencia de la II Guerra Mundial permitió la adopción, fundamentalmente en los países capitalistas dependientes del bloque norteamericano durante la Guerra Fría, de las políticas económicas de corte keynesiano. Con el objetivo básico de garantizar un crecimiento económico sostenido y el buen funcionamiento de la economía capitalista, los estados del mundo occidental desplegaron aquel modelo político que conocemos con el nombre de “estado del bienestar”. El estado del bienestar, una experiencia propia de los estados con regímenes democráticos de corte pluralista y economías de mercado, se caracteriza por un crecimiento de la intervención pública con el objetivo de garantizar la igualdad de oportunidades y una cierta redistribución de la riqueza. El amplio consenso social en torno a este modelo hasta los años 70, que parecía garantizar también la paz social, permitió una consolidación de la sociedad de consumo en los países desarrollados. Este hecho, unido a una elevación generalizada del nivel de vida de la población, provocó un abanico de importantes cambios que transformaron rápidamente la sociedad y la cultura del mundo occidental.

 De entre los diferentes cambios sociales producidos durante la segunda mitad del s. XX, aquel más drástico y de mayor amplitud mundial fue la práctica total desaparición del campesinado y su modo de vida. Este declive, que salvo en determinadas zonas del África subsahariana, el sudeste asiático y China afectó no sólo a Occidente, sino también al resto de territorios donde aún no se apreciaba un significativo desarrollo industrial, puede explicarse por varios motivos, como el espectacular progreso tecnológico que redujo considerablemente la necesidad de mano de obra humana. A mediados de la década de los años ochenta, el 42% de la población mundial ya vivía en entornos urbanos. La desaparición del modo de vida campesino permite comenzar a comprender algunas transformaciones interrelacionadas. En primer lugar, la cultura del comercio y el consumo de masas no puede desarrollarse si no es en un entorno urbano. La migración masiva hacia las ciudades, la misma existencia en un entorno urbano masificado, debilitó los estrechos vínculos familiares y las convenciones sociales tradicionales que garantizaban la supervivencia en el entorno rural. A su vez, este tipo de relaciones, establecidas a partir de modelos cognitivos, simbólicos y morales compartidos que determinaban el papel de cada individuo dentro del colectivo, también comenzaron a desaparecer, afectando a aquellas instituciones que, como la iglesia, ayudaban a perpetuarlos.

Las antiguas estructuras familiares, cuyas características principales eran compartidas por multitud de culturas en todo el planeta*, sufrieron una profunda crisis. La misma lógica del crecimiento económico, que ahora permitía un nivel de vida muy superior al de épocas precedentes a la mayor parte de la población, eliminó el antiguo sentido colectivo de pertenencia de clase, proletaria o campesina, sustituyéndolo por una progresiva tendencia hacia la individualización. Como consecuencia, se produjo un “abismo generacional” entre la juventud del momento y los miembros de las anteriores generaciones. La expansión económica también permitió el ingreso a la formación superior universitaria a los hijos de familias anteriormente humildes, puesto que la economía moderna demandaba una creciente especialización y la formación superior resultó la mejor forma de acceder a los niveles sociales superiores. En este contexto universitario, una auténtica red mundial de producción y compartición de nuevas ideas entre la juventud, comenzaron a desarrollarse dos fenómenos fundamentales: la aparición de la “cultura juvenil” y un nuevo resurgimiento del feminismo y de movimientos en torno a la idea de la liberación de la mujer.

Continuará...

* El patriarcalismo o superioridad estratégica del hombre sobre la mujer y de los progenitores sobre sus hijos, el respeto por los ancianos, etc.