lunes, 25 de octubre de 2010

Arte en el Antiguo Egipto - Primera parte


Toda manifestación artística en el Antiguo Egipto siempre tuvo connotaciones sagradas. Ellos pensaban que cualquier componente manifestado del mundo visible había sido concebido en la mente del Creador (Atum-Ra según la teología heliopolitana) y por ello el universo constituía un todo orgánico donde cualquier elemento natural estaba penetrado por la esencia divina. Fue de esta forma como tomaron de la naturaleza los modelos simbólicos que impregnan todo su pensamiento y consecuentemente también todo su arte. La escritura, la pintura, la escultura o la arquitectura reflejan ese anhelo de recrear las obras divinas, reflejan ese intento de imitar la perfección de la naturaleza. En las representaciones artísticas que representan dioses del panteón egipcio, por ejemplo, la imagen bajo la que aparecen los dioses puede distanciarse en poco o completamente de las formas humanas y adoptar apariencias copiadas de la fauna y de la flora o también estar representada como atributos o símbolos. Dicho de otra forma, las deidades constituían la encarnación viva de las fuerzas de la naturaleza y el cosmos que observaban a su alrededor, asociando la representación aspectiva* concreta de una deidad con las características formales de un elemento natural. Como ejemplo podemos citar el caso de la diosa egipcia Hathor, diosa asociada con la fertilidad y el amor que simboliza la “Gran Madre Cósmica”, representada en ocasiones con la forma de una vaca por las propias connotaciones simbólicas que este animal mantiene con la idea de fertilidad.

En el caso concreto de su arquitectura, ese anhelo de reflejar la perfección de la naturaleza se tradujo en un estudio de las proporciones que luego aplicaron a sus construcciones. Sus templos debían reflejar el orden universal cumpliendo las leyes de la armonía, el equilibrio y la proporción. Todo elemento del templo constituía un elemento simbólico que se mantuvo casi invariable a lo largo de toda la historia de esta milenaria civilización, por esa misma mentalidad sacralizada donde todo constituía un cosmos ordenado. Esa concepción hizo que el material de construcción de los templos, destinados a perdurar, fuera la piedra, material de eternidad por excelencia. También se construyeron siempre siguiendo una orientación en función de los cuatro ejes cardinales que ellos identificaban fácilmente gracias al curso del Nilo, de Sur a Norte, por un lado, y a la salida y puesta del Sol, por el otro. A estos se añade un tercer eje comentado en posts anteriores (axis mundi), aquél que comunica el mundo celeste con la tierra y el inframundo y simbolizado en su arquitectura por las monumentales columnas. Para aumentar el misterio que implica la penetración al interior del templo, lugar de contacto con lo divino, a medida que se avanza hacia su corazón la iluminación disminuye mientras que los techos son cada vez más bajos y los suelos cada vez más altos.
Continuará...

* Los egipcios no representaban las partes del cuerpo humano según su ubicación real (perspectiva) sino teniendo en cuenta la posición desde la que mejor se observara cada una de las partes: la nariz y el tocado de perfil, que es como más resaltan; y ojos, brazos y tronco, de frente.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Carta del Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos. Segunda parte

Esta semana os presento la segunda parte de la Carta del Jefe Seattle, maravilloso documento que seguro nos hará cuestionarnos algunas cosas. ¿Realmente eran los hombres y mujeres de las culturas tradicionales unos “primitivos”, unos “salvajes”? Y a nosotros, ¿Realmente se nos puede llamar “civilizados”?

Que cada cual extraiga sus propias conclusiones…

La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.

Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las suyas. Tal vez sea porque soy un salvaje y no comprendo.

No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera o el batir las alas de un insecto. Mas tal vez sea porque soy un hombre salvaje y no comprendo. El ruido parece solamente insultar los oídos.

¿Qué resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago?. Yo soy un hombre piel roja y no comprendo. El indio prefiere el suave murmullo del viento encrespando la superficie del lago, y el propio viento, limpio por una lluvia diurna o perfumado por los pinos.

El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre- todos comparten el mismo soplo. Parece que el hombre blanco no siente el aire que respira. Como una persona agonizante, es insensible al mal olor. Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, él debe recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados.

Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.

Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.

¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo.

Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.

Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo.

Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo.

Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.

Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca.

La tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los blancos también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras tribus. Contaminen sus camas y una noche serán sofocados por sus propios desechos.

Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja.

Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar.

lunes, 4 de octubre de 2010

Carta del Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos. Primera parte

Esta semana os presento un maravilloso documento que muestra la integración con la naturaleza, aquella perdida visión de comprender la naturaleza y el cosmos como si de un ser vivo, como si de nuestra propia madre se tratara, mostrando además el respeto que se merece, que poseían la mayoría de culturas tradicionales que en el mundo han existido.

En 1854, el presidente de los Estados Unidos Franklin Pierce envió una oferta de compra a Seattle, jefe de la tribu india de los Suwamish, para adquirir los territorios que hoy en día comprenden el estado de Washington. A cambio, se comprometía a crear una reserva donde los indios podrían vivir sin ser molestados. En 1855 el Jefe Seattle respondía de la siguiente manera:


El Gran Jefe Blanco de Wáshington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Wáshington podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas inmutables son mis palabras.


¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña.

Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?

Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja.

Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.

Por esto, cuando el Gran Jefe Blanco en Wáshington manda decir que desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros. El Gran Jefe Blanco dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir satisfechos. Él será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto, nosotros vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero eso no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros. Esta agua brillante que se escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es apenas agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las aguas limpias de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.

Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.

Continuará...

lunes, 27 de septiembre de 2010

Reflexiones sobre el arte. Segunda Parte


¿Qué es el arte? ¿Para qué sirve? La semana pasada recorríamos los intentos por definir el arte y la obra artística que se han venido realizando desde algunos ámbitos académicos. Veíamos cómo todas esas definiciones resultaban, cuanto menos, limitadas.

Podríamos pensar entonces que aquello que define el arte en el mundo moderno viene marcado por los intereses económicos de galerías, subastas, críticos y patrocinadores de arte. La mercantilización del arte ha provocado varios efectos negativos. Los circuitos son controlados por grandes magnates que promocionan la obra de ciertos artistas afines. La sola exposición de sus obras en las galerías y exposiciones que estos magnates organizan, contribuyen al aumento del precio del objeto artístico y al reconocimiento de su creador, gracias a la difusión que realizan los medios de comunicación. A esto se debe añadir un componente de inseguridad que el arte contemporáneo provoca a una gran parte de la sociedad, en sus diferentes estratos, seguramente por las ideas preconcebidas sobre la naturaleza del arte y su significado, que permanecen arraigadas en la conciencia de las personas.

Además de los mencionados intereses económicos, autoras como Patricia Mayayo contribuyen a recordarnos el papel que, a lo largo de la historia, han desempeñado las mujeres artistas. Relegadas al papel de objeto de la representación, ellas siempre se encontraron subordinadas a los intereses de los hombres, quienes las mantuvieron alejadas de la esfera artística mediante, por ejemplo, la creación de estereotipos del ideal que representaba ser una mujer. Según Mayayo, “el arte ha tenido un papel fundamental en la creación y difusión de determinados estereotipos femeninos, y ha sido un mecanismo de regulación de las conductas mediante el cual se ha adoctrinado a las mujeres sobre aquellos roles que han de representar” (Patricia Mayayo, (2003), Historia de mujeres, historias del arte. Madrid. Cátedra. Col. Ensayos Arte Cátedra). Así, durante la antigüedad clásica resultaron figuradas como matronas de los futuros guerreros, defensores de la polis y de una ideología paternalista; en época medieval, el cristianismo contribuyó a despojarlas incluso de su función como creadoras*, y el modelo femenino giró en torno a la idea de la castidad y pureza virginales; el renacimiento transmutó a la mujer en un signo de prestigio social para su colectivo o familia; el barroco la utilizó como objeto de consumo erótico; las “luces” del Antiguo Régimen (me refiero a la Ilustración del s. XVIII) crearon un modelo del decoro femenino; el liberalismo del s. XIX, un concepto separado de “arte femenino”. Incluso hoy en día, si nos detenemos sobre una clasificación de aquellos creadores considerados como mejores artistas contemporáneos, observaremos la total ausencia de mujeres.

Ante la imposibilidad de aportar una definición universal sobre los conceptos de arte y objeto artístico, y tras recorrer las definiciones y usos que determinados segmentos de la sociedad le han otorgado a lo largo de la historia, podríamos abrigar una cierta sensación de desánimo ante cualquier manifestación artística. Pero esto sería incurrir en un error, puesto que la historia del arte que conocemos se ha venido centrando tradicionalmente en las creaciones de los considerados como grandes “genios” de la humanidad, estableciendo en nuestra conciencia una imagen del arte como algo alejado de los intereses populares y a los artistas como una especie de seres "semidivinos", extraños y con frecuencia excéntricos
.

No sabemos de dónde surge la necesidad humana sobre la creación artística, pero sí sabemos que, de una u otra forma, nos ha acompañado desde que tenemos memoria. Además, fuera de los circuitos establecidos han nacido numerosos movimientos que, aunque posteriormente puedan haberse integrado en ellos, revelan el gran dinamismo de una herramienta, el arte, que tiende a representar las inquietudes humanas. Expresadas en un lenguaje diferente al que utilizamos normalmente para comunicarnos, se han hallado presentes, en mayor o menor medida, en todo hombre y mujer de cualquier época.

*A nivel teológico, el principio femenino de divinidad, compartido con el masculino en la mayoría de las doctrinas del mundo antiguo, fue substituido con la imposición del cristianismo por el concepto de Espíritu Santo en su dogma. Así, la generación y creación pasa a depender exclusivamente del principio masculino, relegando lo femenino a la mera función de receptor.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Reflexiones sobre el arte. Primera parte


¿Qué es el arte? ¿Para qué sirve? En un primer momento, muchas personas no podrían evitar asociar el concepto de arte con la idea de belleza, y en su mente se crearía la imagen de un templo griego o la escultura del David, de Miguel Ángel. Otros, en cambio, asociarían el concepto a las formas más vanguardistas de la contemporaneidad, por ejemplo, el arte digital. Los primeros acusarían a los segundos indicando que muchas de las “aberraciones” que hoy son consideradas arte no son más que eso, aberraciones producto de mentes enfermizas. Los segundos, en cambio, defenderían la libertad de creación del artista e imputarían connotaciones como “clasicista” o “retrógrado” a los primeros. Hoy recorreremos algunas interpretaciones que sobre el arte han realizado algunos pensadores modernos.

La producción de objetos artísticos ha resultado una constante desde que la humanidad tiene memoria. Para explicar las razones de esta constante, algunos autores proponen una teoría sociológica de corte marxista que explica cómo el arte responde a unas necesidades sociales de construcción y comunicación. El arte es comprendido entonces como una superestructura (Constituyen superestructuras de una sociedad ámbitos como la religión, la filosofía, la ciencia o el arte. En este último caso, las obras artísticas representan los valores y creencias del grupo social que las produce) social que depende de las fuerzas productivas y sus relaciones. Como superestructura, el arte que es producido por un grupo social pasa por determinados ciclos cuyas etapas acostumbran a ser comunes para cada uno de ellos. Pero toda clasificación del arte no deja de resultar una construcción artificial que no se cumplirá en todos los casos, ya que este concepto existe tan sólo como una abstracción de la mente humana y tanto los medios para producirlo como los parámetros que lo definen son cambiantes.

No existe una definición unívoca sobre el concepto de arte; de hecho, la noción tal como la comprendemos hoy en día, no surgió hasta el s. XVIII. Así, puede resultar sumamente difícil averiguar las características que hacen de un objeto una obra artística. Teóricos como Cirici Pellicer indican que en el mundo moderno es la función estética, las propiedades de la forma, las que permitirán considerar un objeto como artístico. Pero, en cuanto a sus cualidades estéticas, en ocasiones no existe diferencia entre un objeto cotidiano y otro artístico, por ello al análisis formal debe añadirse el estudio de otros criterios como el contexto (El contexto puede referirse a varios niveles: socio-económico, histórico, político, etc) o el contenido, porque tal vez lo más importante sea tener presente que las obras de arte no deben comprenderse como una representación de la realidad, sino más bien como la creación de una nueva, con sus propias reglas, con su propio lenguaje.

Algunas modernas teorías consideran el objeto artístico como una estructura lingüística. Uno de los errores cometidos por los teóricos del arte en todas las épocas ha sido tratar de encapsular o conceptualizarlo a través de los parámetros procedentes de su propia mentalidad y cosmovisión, con la herramienta de su propio lenguaje, sin percatarse tal vez que las obras artísticas comunican a través de un lenguaje visual cuya estructura difiere sensiblemente de nuestra lengua oral y escrita. Platón significaba el arte como imitación de la realidad y su teoría, la mimesis (Platón considera el mundo material, la naturaleza, una copia o imitación del mundo arquetípico de las Ideas. El arte, como imitación del mundo real, constituye una copia dos grados inferior de este mundo arquetípico y “real”. Platón tenía una idea negativa sobre el arte), fue superada con la aparición de la fotografía. El Renacimiento se centró en la búsqueda de una belleza sublime encuadrada en los principios morales de su época. Los filósofos Hume y Kant, buscando también la belleza, creyeron hallarla a través del “buen gusto”, de las emociones que despierta la forma bella, en su teoría estética sobre el arte. Otras hipótesis tampoco aciertan a explicar cómo transmite una obra artística su mensaje, aunque sí muestren por qué el mundo del arte acepta hoy día obras que, inicialmente y sin conocimiento de su contexto y significado, pueden resultar grotescas para gran parte de los estratos de la sociedad. Incluso aquella teoría que nos ha conducido hasta ahora, el arte como lenguaje universal, expuesta por John Dewey (1859 – 1952, filósofo y pedagogo norteamericano. Dewey entiende el arte como un lenguaje universal que expresa la vida de una cultura, pueblo o comunidad), falla cuando nos percatamos que no existe ninguna cultura totalmente homogénea, puesto que todas han estado siempre en contacto e influenciadas por sus coetáneas, contactos que afectan también a la obra artística.

(Continuará…)

lunes, 13 de septiembre de 2010

Petra, la Ciudad Rosa de los nabateos. Tercera Parte, la religión nabatea

Como en todo lo que respecta a los nabateos, es poco lo que se conoce sobre su religión, ya que no existen fuentes escritas y los investigadores deben limitarse al estudio de los datos facilitados por la arqueología y algunas inscripciones.

La nabatea era una religión politeísta donde se adoraban divinidades de origen árabe preislámico. Su dios principal era Dushara, dios de Shera, montaña situada al este del valle de Petra, que gobernaba los fenómenos naturales y las estaciones. Junto a él, la diosa Al Uzza (“la poderosa”), diosa de la fertilidad y consorte de Dushara. Otras importantes divinidades eran Al Kubtha, señor de la escritura, o Manat, diosa del destino. Completaban el panteón nabateo un indeterminado número de divinidades menores de las que apenas son conocidos sus nombres.

Una importante característica de la religión nabatea consiste en la anicónica representación de sus divinidades. La mayoría de pueblos y civilizaciones ya no sólo de la antigüedad, sino también de los periodos paleolítico y neolítico, representaban a sus dioses de una forma iconográfica. En algunos lugares de Oriente Medio y la Península Arábiga, sin embargo, los dioses eran adorados bajo la forma de betilos (en semítico, beth-el, “casa del dios”, de donde deriva el griego baitulos). Un betilo es una “piedra sagrada” con una forma geométrica simple (cubos, esferas, etc.), que más que un símbolo o la personificación de un dios, representan su presencia. En ocasiones, la piedra aparece tallada con esquemáticas formas representando los ojos y orejas de la divinidad, pero no su boca, ya que para los nabateos, “los dioses observan y escuchan, pero nunca hablan”.

Algunos investigadores creen que esta característica forma de representación en los pueblos de Oriente Medio se debe, por una parte, a la consideración que la piedra poseía en algunas religiones de la antigüedad, donde se comprendía como “material de eternidad” por su perdurabilidad. Por otra parte, es posible que la connotación de “piedra sagrada” se derive en su origen de algunos meteoritos caídos a la tierra desde “el cielo”. Sea como fuere, son frecuentes las referencias a estas misteriosas piedras entre los diferentes pueblos preislámicos asentados en el Medio Oriente, y es innegable la importancia que incluso dos milenios después se continúa otorgando a estas piedras sagradas, pues no en vano millones de personas acuden cada año en peregrinación a la Meca para adorar a la famosa “Piedra Negra de la Kaaba”.

Debido al permanente contacto con las civilizaciones vecinas, los nabateos también adoptaron divinidades de sus vecinos sirios, como Atargatis (señora de la recolección) o el dios Ba’alshamin. Posteriormente, debido al progresivo contacto con griegos y romanos, los dioses nabateos fueron identificados con los del panteón heleno. Así, Dushara fue identificado primero con Dioniso y luego con Júpiter-Zeus; Al Uzza con Afrodita o Al Kubtha con Hermes-Mercurio. Por último, a partir del s. I d-C., comienzan a aparecer representaciones figurativas de las diversas divinidades, produciéndose una verdadera revolución iconográfica.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Petra, la Ciudad Rosa de los Nabateos - Segunda Parte. La sociedad nabatea


Pueblo nómada en su origen, no se sabe cómo evolucionó la sociedad nabatea de un sistema jerárquico tribal, donde los representantes más influyentes de cada familia elegían mediante un proceso democrático a su gobernante, su “jeque”, a un sistema monárquico similar al de sus reinos vecinos. Diodoro Sículo describe cómo en el año 312 a.C., el ejército del seléucida Antígono atacó la Nabatea y se encontró con un pueblo seminómada cuyos habitantes vivían aún en tiendas al aire libre. Progresivamente, a medida que se sedentarizaron, los nabateos abandonaron sus costumbres y comenzaron a construir sus viviendas excavando las paredes rocosas de arenisca. A partir del s. II a.C. ya se hallan evidencias de la transformación de Petra en una ciudad cosmopolita gobernada por una monarquía.

Son conocidos diez monarcas nabateos, toda una dinastía supuestamente hereditaria que gobernó la ciudad sin interrupciones hasta el año 106 d.C., cuando Petra fue tomada por los romanos. El misterio de la rápida conversión de su sociedad a un sistema monárquico, sin que se conozcan resistencias por parte del pueblo, se explica por dos motivos. El primero se refiere a la adopción y adaptación gradual de las costumbres y usos de los pueblos vecinos, principalmente del reino helenístico seléucida. El segundo, a una cierta permanencia de sus costumbres originales, puesto que, como indica Estrabón, el rey “a menudo rinde cuentas de su reinado ante el pueblo y a veces se somete a examen su manera de vivir”. Lejos de resultar una monarquía semidivina similar a la egipcia, la nabatea resultó una sociedad bastante más “democrática” de lo que cabría imaginar.

Pese a ello, los nabateos constituyeron una sociedad jerarquizada donde el poder, aunque con restricciones, era ostentado por el monarca, quien delegaba parte de sus funciones en un visir o primer ministro, a quien se denominaba como “hermano” del rey. Otros cargos de importancia recaían sobre altos funcionarios de la administración del estado y sobre los jefes militares; en una zona geográfica en constante conflicto, la supervivencia precisaba de la existencia de un efectivo ejército formado por varios miles de hombres. Por debajo de ellos, otros oficios de cierto prestigio se referían a comerciantes, escribas (los nabateos utilizaron su propio sistema de escritura, creado a partir del arameo), escultores y artesanos. En los últimos escalafones sociales, encontramos a los albañiles, agricultores y esclavos.

Una última sorpresa se refiere a la situación de las mujeres en la sociedad nabatea, que gozaba de unos “privilegios” no muy comunes en otras civilizaciones de aquella época. Se deduce de algunas inscripciones que podían poseer plena autonomía sobre tierras y bienes, gozando de derechos de propiedad y resultando jurídicamente independientes. También se ha comprobado que incluso podían acceder al trono, aunque sólo fuera en calidad de regentes. Se han hallado monedas donde la reina consorte es representada junto al monarca o en el reverso de la moneda, hecho que conduce a pensar en la influencia que podían ejercer en la vida política.